Jenaro, feligrés de la parroquia de San Ceferino mártir de Congrios de Calatrava, se arrodilla ante el confesionario y sin preámbulo alguno espeta a Don Secundino, cura octogenario del pueblo que dormita plácidamente: “Padre, he matado”. “¿Cómo dices, hijo?” responde el párroco, que no sabe si ha escuchado bien debido a su sordera o a la bendita siestecilla. “¡Que he matado, padre!”, repite a voz en grito Jenaro. “Vaya, pues. Jenaro, ¿estás seguro de lo que dices?”, interroga Don Secundino entre sorprendido y preocupado. “¡Pues claro! Lo maté a garrotazos y aún después de muerto seguí dándole hasta deslomarme. Ni se movía ni respiraba”, contesta Jenaro airadamente. “Hijo mío, ¿te das cuenta del pecado que has cometido?”, exclama afectadamente Don Secundino. “Sí, padre. Por eso vengo a confesarme. Para que usted me imponga la penitencia, porque arrepentido estoy ¡eh! pero es que este mal carácter me traiciona día sí, día también, ¡carajo!”, murmulla Jenaro algo avergonzado. “Bueno, hijo, bueno. No te aflijas. No hay nada que una buena plegaria no pueda remediar. Reza un par de padrenuestros y tres avemarías e intenta no volver a hacerlo”, susurra condescendiente Don Secundino a Jenaro. Y añade con curiosidad morbosa: “Y, por cierto, Jenaro, ¿a quién dices que has matado?”. “A Dios, padre”, responde Jenaro como si tal cosa. “¡Me cago en la leche, Jenaro! Como me dejes sin trabajo… ¡Fuera! Fuera de aquí inmediatamente y reza otro padrenuestro más por la importancia del finado. Y no olvides traerme un pavo en Navidad, que sólo faltan dos semanas, y con la que has liado… A ver si nace otra vez pal veinticinco”, exige Don Secundino iracundo a través de la celosía del confesionario. Jenaro, cabizbajo, se levanta y se dirige al primer banco de la iglesia, donde genuflexo empieza a cumplir su penitencia: “Padre nuestro, que sin duda ahora sí que estás en los cielos…”