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Árbol centenario de tronco recio,
raíces profundas y corteza dura,
ramas requebradas y follaje exuberante,
que protege de la intemperie.

Zarandeado por el viento de los tiempos,
pero inamovible en su lealtad.
Atacado por fuegos intencionados
y lluvias de críticas ácidas.

Paciente con los pájaros ajenos,
a los que cobija con mimo
e, incluso, alienta a volar
agitando sus hojas de ánimo.

Ofrece sus innumerables ramas
como seguros asideros,
llenas de frutos y silencios,
flores y consejos.

Aferrándose a la tierra compartida
con orgullosas raíces alimentadas de recuerdos;
devolviendo esa gratitud sincera
con emocionadas gotas de rocío al alba.

Restañando ofensas pasajeras
gracias a la resina de la comprensión,
despojándose de absurdos rencores caducos
adelantando el otoño del olvido.

Circunspecto roble en el atribulado bosque cotidiano
y frondosa palmera en el páramo de la soledad.
Hierático olivo en la melancolía del invierno
y extravertido cerezo en la voluptuosidad del verano.

Árbol que guarece y da sombra.
Árbol que florece.
Árbol que cobija y abraza.
Árbol que perdura.