Si el sol prolongase el atardecer
con sus últimos parpadeos cobrizos,
la brisa vespertina acunaría el espíritu lo suficiente
como para sumergirlo en sueños extraordinarios.

Si los roquedales del orgullo
dejasen paso al verdín de la comprensión,
nadie hablaría a través de celosías de prejuicios
ni se disfrazarían las mentiras de verdades.

Si las palabras brotasen de los labios de Benedetti
con la extática música de El Mesías de Haendel,
merecería la pena escuchar,
pero el uruguayo y el alemán ya no están.

Si los genios desaparecen
y las musas no encandilan a otros nuevos,
la llama creativa se extinguirá inexorable,
dejándonos a la nostalgia como única amiga.

Si no hay a quien admirar,
más que a uno mismo,
estás perdido. Se acabó.
Jamás volverá a crepitar la pasión.

Mas si late una ilusión, sólo una,
el simple tintineo de su eco
y su melodiosa reverberación
volverán a embriagarte con renovado entusiasmo.