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No me gustan los puzles. Odio que se trocee una fotografía, un cuadro o un dibujo. Es absurdo hacerlo. Cuando me miro al espejo espero ver mi reflejo completo, no un plano de mi rostro con infinidad de cuadrículas que le confieren un aspecto robótico.

Cuantas más piezas tiene el puzle, más me inquieta. Con sus sinuosas formas, sus irisaciones deslumbrantes debido a la multitud de pequeñas curvaturas. Con su condición de hermafroditas, llenas de entrantes y salientes, retozando lúbricas unas con otras. Muchas piezas aparentemente iguales, diminutas e indiscernibles retando a la paciencia de forma obscena. Y cuando, por fin, ha concluido la azarosa tarea, vuelta a empezar. Un puzle terminado no sirve para nada. Sísifo cuarteado.

Nunca disfruté montando un puzle salvo los de geografía. Estos sí, me encantaba hacerlos. Trocear un mapa es algo natural, ya que la cartografía se ha encargado de ello antes que “Educa”. Recuerdo uno con especial emoción: un puzle de EEUU en el que cada pieza correspondía a uno de sus estados. Piececitas para los siete estados del noreste, piezas peninsulares para Florida y California, grandes piezas cuadriculadas para Colorado, Utah y demás estados del centro-oeste. Una maravilla de puzle que hice decenas de veces. El puzle perfecto. Un puzle que la realidad había troceado antes.

En cualquier caso, no me gustan los puzles. Ni hacerlos, ni contemplar cómo se hacen, ni sus cajas que prometen una perfección luego mil veces mutilada. Me dan mal rollo. No son de fiar.