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El personaje interpretado por John Hamm en la magnífica serie de televisión Mad Men merece entrar en este particular Olimpo de Dioses reales o de ficción. Aunque el mérito no es solo de él, sino también de la serie que protagoniza de forma indiscutible. Mad Men completa, junto a Los Soprano (oro) y The Wire (plata), el podio de las mejores series de televisión que he visto. 

Volviendo al personaje de Don, ¿o sería mejor llamarle Dick?, no entraré en las obviedades sobre su atractivo, tanto profesional como personal. Sí me centraré, no obstante, en sus debilidades y dobleces, que se van manifestando poco a poco: desde un pasado nada glorioso a un presente siempre a punto de desmoronarse. Conforme avanza la serie, Don va lidiando con todo ello y, poco a poco, superándolo. Su imagen de triunfador absoluto de cara afuera contrasta con sus miserias interiores. Esa dualidad lo hace todavía más atractivo. ¿A quién no le gustaría disfrutar de la fama de Don Draper? El mejor publicista, el hombre más deseado por todas las mujeres, el que se lo juega todo a una carta y siempre gana...Pero, además, ¿quién no se identifica con Don Draper? Ese hombre que reniega de su pasado, que intenta ocultar sus miserias y horrores anteriores reinventándose, alumbrando una nueva persona. Tengo la absoluta certeza de que esta vertiente vergonzante del personaje seduce tanto o más que la del triunfador irresistible. El mensaje que nos trasmite Donald Draper es en última instancia el viejo tópico del cine y la moral norteamericanas: el hombre hecho a sí mismo, el "tú también puedes triunfar, si quieres". Un adagio muy difícil de rechazar, incluso para el mayor de los pesimistas. 

Las cuatro temporadas exhibidas hasta la fecha (el próximo 25 de marzo se estrena la quinta temporada en EEUU) nos muestran la evolución de Don y del resto de personajes que le rodean de forma pausada y sin estridencias. Los giros que se van sucediendo están bien trabajados, no son inverosímiles. Aunque se producen acontecimientos inesperados, son perfectamente creíbles (excepto un rocambolesco hecho en el último capítulo de la cuarta temporada) en función de cómo van cambiando los roles y las relaciones entre los diferentes personajes. 

Un aspecto que me sorprende del extraordinario éxito de Mad Men es lo machista que resulta la serie. Me refiero a que me sorprende que no haya tenido que pagar un precio por mostrar a las mujeres como meros objetos sexuales cuyo único deseo es cazar a un buen partido para pasarse el resto de la vida como aburguesadas amas de casa. Evidentemente, el planteamiento no es tan simplista como acabo de describir, pero el trasfondo sí que es claramente machista. 

Otro ingrediente genial es el alcohol. Se pasan el día entero bebiendo. En casa, en bares y, sobre todo, en el trabajo. Siempre he creído que deberían dejar beber en las oficinas, incluso incentivarlo. Si para nuestras relaciones sociales, en las que necesitamos de todas nuestras cualidades para conquistar a un amigo o a una mujer, acostumbramos a emplear la bebida como arma desinhibidora y potenciadora de muchas de esas cualidades, ¿por qué no usar el alcohol también en el trabajo, en donde apenas precisamos de tres o cuatro de esas cualidades para desarrollarlo diligentemente? Ahí lo dejo, por si algún lúcido empresario o directivo quiere apropiarse de mi idea y motivar a sus empleados con el fin de obtener lo mejor de ellos. Como escuché una vez de boca de Fernando Fernán Gómez: "siempre que bebo whisky me encuentro mejor, más feliz, que cuando no lo bebo".

Y un último apunte sobre la serie: el papel de Joanne Holloway, encarnado por la actriz Christina Hendricks, es maravilloso. No solo representa la voluptuosidad y carnalidad de las famosas pin-ups de la época, sino que lleva la tensión sexual hasta el límite justo, sin llegar a cruzar nunca la frontera de la vulgaridad. Quien haya visto a Christina Hendricks en Drive, la sobrevalorada película de Nicolas Winding, difícilmente podrá imaginarse el personaje de Joannie, porque sale espantosa, pero quien haya visto Mad Men sabrá de lo que hablo.