Ocho de la tarde del día de Nochebuena. María, embarazadísima, está en casa preparando la cena junto a su madre, a la que aburre con sus quejas maritales. José está en el bar con los amigotes, rehuyendo sus responsabilidades paternas del mismo modo que rehuyó sus obligaciones conceptivas nueve meses atrás. Ambos son felices, ella rajando de él y él bebiendo para no escucharla.

Doce de la noche. María rompe aguas y salen disparados hacia la clínica. En una hora ha nacido el bebé, llamado Jesús. A las tres de la madrugada el Mesías está en la nursery recibiendo los cuidados de voluptuosas enfermeras extranjeras (las nativas están en sus casas celebrando la Navidad con sus familias y sus horarios y sueldos de nativas) y María descansando sedada en su habitación individual de la séptima planta con un obstetra de guardia a su disposición. En fin, las ventajas de nacer en pleno siglo XXI en un país con enfermeras nativas de sueldos y horarios dignos.

Antes del alba, reciben la primera visita, tan inesperada como inoportuna. Son los tres reyes magos.

-          ¡Hola! Venimos a adorar al Mesías, que ha nacido para salvarnos a todos – dicen al unísono los tres reyes magos.

-          Pues está en la nursery. – exclama malhumorado José mientras se incorpora costosamente del sofá-cama.

-          María gimotea aún medio dormida: ¿No os habéis adelantado doce días?

-          Bueno, el GPS. No había pérdida. – responde Gaspar.

-          Ya que estáis aquí, ¿qué regalos traéis? – pregunta curioso José.

-          La Xbox, el Scalextric y mirra. – contesta Baltasar.

-          ¿Mirra? Venga, ¡no jodáis! – grita irritada María.

-          Melchor, que es un rata y, además, chochea. – balbucean avergonzados Gaspar y Baltasar.

-          ¡Joder, qué bien! – masculla José. - Pues ¡hala! circulando, que tenéis un largo viaje de vuelta.

Los tres reyes magos abandonan la habitación y José aprovecha para lanzarle un dardo a María: “Esperemos que su padrino sea más generoso que Melchor…” María gira la cara y rehúsa responderle. Los dos deciden echarse una cabezadita.

Amanece y una enfermera trae el bebé a la habitación. María se lo pone emocionada en el pecho. José lo mira y remira intentando encontrar algún parecido. A los pocos minutos entra el padrino en la habitación. María lo recibe con alborozo, estirándose el camisón y recogiéndose el pelo detrás de las orejas para mostrar su enorme sonrisa. José tuerce el gesto y alarga la mano con desdén para cumplir con el saludo protocolario. El padrino felicita a la madre y coge al bebé en brazos. José exclama con gravedad: “¡No le conviene tanto brazo!” El padrino hace oídos sordos y alza al bebé con orgullo. María contempla la escena con alegría. José se da media vuelta y mira por la ventana. Tras quince minutos, el padrino se despide cariñosamente de María y del bebé, y deja una cartilla del Banco Espírito Santo a nombre de Jesús en la mesita de noche. José permanece de espaldas sin despedirse y continúa absorto en la ventana con la mirada inyectada en sangre. María deja a Jesús en la cuna y se pone a descansar. A continuación, José sale en silencio de la habitación a por tabaco.