Basado en una idea original de Mónica y su fascinante imaginación: "Papi, ¿sabes que cuando parpadeamos hacemos fotos en la memoria?"

John Doe era incapaz de recordar absolutamente nada, como un pez o como la versión extrema del protagonista de la película Memento. Jamás cerraba los ojos. Sin saber el motivo, le aterraba cerrarlos. Incluso dormía con ellos abiertos. Vagaba en un limbo indeterminado. Carecía de recuerdos. Tampoco disfrutaba de pensamientos, ni buenos, ni malos. Sencillamente, vivía en la nada, en el vacío absoluto. 

Pero un día parpadeó. Y al parpadear fotografió ese instante. Fue una única vez, una sola imagen: la de su habitación de paredes blancas acolchadas. Durante varios días estuvo tentado de volver a parpadear, pero tuvo miedo. Le bastaba con la imagen de su habitación. Al menos, sabía dónde estaba en sus interminables paseos circulares. 

Pasaron las semanas y los parpadeos, finalmente, se prodigaron. Pasillos, comedor, ventanas, jardín. Su memoria poco a poco fue ampliándose. Su diagnóstico mejoró. Le permitieron salir. Al cruzar el umbral de la puerta principal, el vértigo fue total. Los parpadeos aumentaron exponencialmente. Cada paso debía ser registrado. Cada parpadeo suponía una de las migas de pan del camino de vuelta. 

John pasaba las noches ordenando esas fotografías. Pronto descubrió que su memoria estaba formada por los negativos de esas fotografías, no por las fotografías en sí. Así que pudo moldearlas, modificarlas y hasta falsearlas. Al principio resultó excitante, ya que la irrupción de la imaginación le ofreció posibilidades infinitas. Las noches siempre se quedaban cortas. Las aventuras nunca terminaban. Siempre aparecían nuevos personajes, nuevas historias. 

Sin embargo, llegó el día en que ya no sabía qué formaba parte de su memoria y qué era fruto de su imaginación. Su diagnóstico empeoró. Ya no hubo más salidas. Las noches volvieron a hacerse eternas. La lucha entre la consciencia y la subconsciencia no ofrecía un ganador claro. La memoria era incapaz de asumir la paternidad de ninguno de sus recuerdos. La onírica imaginación golfeaba incesante. A John Doe no le quedó otra opción. Decidió acabar con su traicionera memoria y, de este modo, angostar a la taimada imaginación: dejó de parpadear.

Moraleja: la memoria es un arma potentísima que bien usada es fuente de las mejores virtudes, pero que mal usada causa daños irreparables. 

Y un homenaje: al mejor "parpadeador" de fotografías que haya existido, Aleksandr Solzhenitsyn, por su vastísimo e increíblemente preciso testimonio del gulag.