Hay un dedo para cada edad. Recién nacidos nos chupamos el pulgar a modo de pezón fake. Tan pequeños tenemos pocos vicios, y éste es uno de los pocos que nos podemos permitir. Además, el pulgar extendido muestra el ok del bebé, el asentimiento a todo lo que rodea su vida de no pegar un palo al agua.

De niños usamos el índice más que ningún otro dedo: para chivarnos de nuestros hermanos o compañeros de juegos con el dedo acusador extendido, o al levantarlo erguido hacia el techo del aula para responder a alguna pregunta del profesor. Ese dedo índice tiene la precisión de un puntero láser y la determinación de una flecha. 

En la juventud es el dedo corazón el más empleado. Ya sea para hacer el "fuck you" rebelde e impulsivo de joven sabelotodo o para solaz de los placeres eróticos recién descubiertos. Es el dedo más largo de todos, como no podía ser de otro modo. El que se usa con mayor ímpetu para lo bueno y para lo malo.

El dedo anular es el de la madurez, discreto y sobrio, apenas usado para sostener la alianza. No destaca absolutamente en nada; sin embargo, resulta difícil imaginar cualquier acción que pueda realizar la mano sin su melancólica presencia. 

Por último, tenemos el meñique, la metáfora perfecta de la vejez. Un dedo pequeño y encogido que apenas sirve para nada. Nos reímos de él cuando lo vemos orgulloso y erguido al levantar una taza; sin embargo, lo que nos está mostrando con esa vigorosa erección es nuestra propia dignidad. La dignidad que únicamente es posible adquirir tras largos y azarosos años de vida.

Así pues, los dedos de la mano contienen nuestra propia vida de forma sucesiva, como si de un contandor de edades se tratase. No son las líneas de la palma de la mano las que contienen el indescifrable códice de nuestra vida, sino los cinco dedos, que inexorablemente se van levantando uno a uno hasta tener los cinco dedos completamente extendidos dando el alto a la dama de negro, que se acerca menesterosa a darte su traicionera mano de despedida.