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El puente de Millau, construido en el sur de Francia, es una impresionante obra de ingeniería que deja bien patente el excelso nivel técnico que ha alcanzado el hombre. Es el puente más alto del mundo con casi 350 metros. Su longitud es de 2,5 kilómetros. Sus siete enormes pilares sostienen el tablero que une las dos mesetas sobre el ancho valle surcado por el río Tarn.

Me apena no tener conocimiento alguno sobre ingeniería para poder valorar aún más la dificultad de esta obra. Escuchar o leer sobre el cálculo de estructuras, el deslizamiento hidráulico del tablero sobre apeos provisionales o la construcción de los pilares por secciones me deja completamente aturdido, ya que no alcanzo a comprender absolutamente nada para mi desgracia.

No obstante, no he traído a colación el puente de Millau para hablar sobre algo de lo que no tengo ni la más mínima idea como la ingeniería, sino para hablar de belleza. La majestuosidad del puente es tan asombrosa, la perfección de sus líneas es tan increíble y su dimensión es tan gigantescamente abrumadora, que es, sin duda alguna, una de las obras más bellas que he visto jamás. Y cuando digo “obra” no me refiero a obra civil, sino a obra de arte.

Todo lo bello resulta admirable, desde una mujer hasta un cuadro. Y también un puente puede ser algo extraordinariamente admirable y bello, desde luego. Esa admiración que provoca la belleza es en ocasiones paralizante. De repente, algo te estremece, te deja entre embobado y extático, pero a la vez sientes una extraña sensación de armoniosa felicidad. Entras en una especie de trance, la relajación te invade por completo, aunque al mismo tiempo sientes una intensa excitación. En esos breves instantes, las aparentemente antitéticas relajación y excitación conviven juntas, y hasta se abrazan. Es un placer deliciosamente sutil, que trasciende la sensibilidad o, a lo mejor, la sacude violentamente hasta narcotizarla gracias a esa admirable belleza. Pues eso mismo sentí al ver el puente de Milllau.