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Este albaceteño sesentón y gordinflón es un tipo realmente interesante. Su faceta cinematográfica es bien conocida y reconocida gracias a sus trabajos como director, guionista y productor. No es uno de los grandes del cine español, ni tampoco creo que lo merezca bajo una mirada objetiva. Pero es que este señor socarrón me cae tan bien, que para mí sí es uno de los grandes. Fundamentalmente por su sentido del humor: original, surrealista, rural, castizo. Además, creo que es representativo de toda una generación de españoles: aquellos que tienen ahora entre 60 y 80 años.

Empezó a estudiar la carrera de Derecho, pero no la acabó. Trabajó en TVE durante años y, poco a poco, fue introduciéndose en el mundo del cine. Su primera película exitosa fue “El bosque animado”. Un año después, en 1988, estrenó “Amanece, que no es poco”, una hilarante comedia costumbrista que he visto casi una decena de veces y que siempre, siempre, siempre me provoca unas enormes carcajadas. Es tan original, tan divertida y tan surrealista que es imposible de explicar en pocas líneas. Así que no voy a intentarlo, me limitaré a aplaudirla.

Ese “surrealismo mágico”, como bautizaron el estilo de ambas películas, no impregna toda su filmografía. Cambia de registro en “La educación de las hadas” o “La lengua de las mariposas”, por ejemplo. Sin embargo, su mano se nota en todas ellas, aunque de forma más sutil.

Su faceta como productor es también importante. De hecho, es el descubridor de Alejandro Amenábar, al que permitió rodar el largometraje “Tesis” tras ver el cortometraje del por entonces novatillo Amenábar. Posteriormente, produjo “Abre los ojos” y “Los otros”.

Pero, como he dicho al principio, lo más significativo de José Luis Cuerda es su sentido del humor. En una larga entrevista en televisión contó cómo su madre le dijo una noche: “Hijo, ves a buscar a padre, que me estoy muriendo”. Su padre era jugador de póquer. No un jugador ocasional o vicioso, no. Se dedicaba a ello. Vamos, que era la forma de ganarse la vida del padre. Era su “trabajo”. El joven Cuerda fue a buscar a su padre a la timba y, al volver, su madre ya había muerto. Explicó esta historia de una forma magistral. Sin dramatismos, sin cursilerías lacrimógenas, y, a la vez, con contención, con respeto y con ternura. Fue capaz de explicar uno de los episodios más tristes de su vida con absoluta sobriedad, mostrando a su madre digna, fuerte y sosegada en el lecho de muerte. Gracias a ese magnífico barniz de humor negro rindió homenaje a su madre como pocas veces he visto. Fue conmovedor escucharlo.

El “trabajo” de su padre le permitió tener épocas de abundancia, siendo uno de los pocos estudiantes universitarios de Madrid con coche, y otras de carestía, cuando el padre pasaba por una mala racha. Estas circunstancias las contó, de igual modo, con total naturalidad, constatando que se puede vivir perfectamente de una forma u otra sin mayores problemas. Supongo que todo ello ayudó a moldear su forma de entender la vida con ese curioso e inteligente sentido del humor.

En definitiva, un grande a mis ojos, no como el endiosado manchego universal.