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Santiago Hernán Solari fue un buen jugador que jugó en el Real Madrid durante cinco temporadas. Nunca fue una estrella, ni siquiera un gran jugador; sin embargo, le cogí un cariño enorme. Adoraba al jugador y a la persona.

Pertenece a una familia canchera, de padre y tío futbolistas de prestigio en Argentina. De hecho, su apodo – El Indiecito – se lo debe a su tío, el Indio Solari. Dio sus primeros pasos como profesional en River Plate (tristemente descendido hace apenas una semana) y en seguida cruzó el charco fichando por el Atlético de Madrid. Tras dos años en el equipo colchonero firmó con el Real Madrid en 2000.

Su fichaje no me entusiasmó, obviamente. No obstante, a los pocos días de recalar en el equipo blanco, se negó a posar con una bufanda de los Ultra Sur con sus esvásticas y demás símbolos fascistas. Que un jugador que viene del eterno rival se niegue a complacer al grupúsculo ultra, que pretendía con esa foto limpiar su pasado atlético de forma zafia e insultante, denota su integridad y sus cojones. Evidentemente, padeció las iras de los Ultra Sur durante tiempo, siendo pitado en su propio estadio por esa panda de hijos de puta. ¡Olé, Indiecito! Llegás al Madrid como un fichaje de relleno y te ponés de culo al sector más radical y vociferante del club. ¡Olé, olé, olé!

Desde entonces todas sus entrevistas, su comportamiento durante los cinco años con la camiseta merengue, su actuación en el campo con compañeros y rivales confirmaron lo apuntado al inicio: se trataba de un excelente profesional y una persona digna y respetable.

Además, parece ser que en el vestuario de prima donnas del Madrid trataba a todos por igual, haciendo gala siempre de un excelente buen humor y sin casarse con nadie, Vamos, lo que se conoce como un tío con personalidad. Esta actitud conllevó el respeto de muchos y el recelo de otros. Da igual, él siguió igual que siempre.

De otra parte, se trataba de una persona formada, rara avis en el mundo balompédico, inundado de chulos, semianalfabetos, nuevos ricos e imbéciles, que son tratados como dioses. Recuerdo una larga e interesante entrevista que le hicieron para un programa de cine en TVE en la que desplegó todo su buen lenguaje porteño, su afabilidad y sus conocimientos del séptimo arte sin pomposidad alguna (estoy imaginando a Jorge Valdano en su lugar y se me ponen los pelos como escarpias). Un chaval encantador y, por cierto, bastante guapo.

¿Y futbolísticamente, qué? Pues era un buen jugador, sin más. Evidentemente con un nivel superior como para jugar en el Real Madrid, pero sin ser un súper clase. Jugaba en el centro del campo por la izquierda, aportando buenos centros, compromiso defensivo, un muy buen disparo con su pierna izquierda y ese encanto especial que tienen la mayoría de los zurdos. Su éxito radicaba en que sin ser titular acababa jugando más que muchos de los teóricamente titulares. Un magnífico jugador de equipo que aportaba de inicio o bien sustituyendo a algún compañero para cambiar la dinámica del choque. La prueba de su importancia dentro de la plantilla es su participación como titular en la final de la Champions de Glasgow en 2002, en la que el Real Madrid consiguió su novena Copa de Europa. Además, montó la jugada en su banda con Roberto Carlos que acabó en el bellísimo gol de volea de Zidane.

En 2005 abandonó el club de Concha Espina sin queja alguna, con elegancia y educación, como siempre se ha comportado a lo largo de su carrera este gran tipo. Recaló en el Inter de Milan primero y, después, inició una gira por distintos clubes de Sudamérica. Seguro que en todos ellos dejó su sello y se granjeó el cariño de compañeros y aficionados. Yo sigo acordándome de él y echándole de menos. Aunque parezca sorprendente es uno de mis jugadores favoritos. Si él y Fernando Redondo jugasen actualmente en el Real Madrid, yo sería el tío más feliz del mundo.