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Magnífico y comprometido escritor uruguayo cuyos orígenes periodísticos han impregnado su extensa obra literaria. Probablemente se trate del más importante divulgador de la historia de Latinoamérica, contada con detalle y tomando partido. Porque Galeano siempre se pone de parte de los desfavorecidos, de los perdedores, de los asesinados; en definitiva: de los olvidados. Es un militante de izquierdas del que sentirse orgulloso y al que envidiar, aún sin estar de acuerdo en muchas de sus opiniones.

Su prosa es suave, fluye con asombrosa facilidad. No se recrea en arabescos ni estilos recargados. Usa un lenguaje rico y sencillo. Más bien parece un cronista oral: leyendo sus libros parece que te los esté narrando el propio autor de viva voz. Digamos que está en las antípodas del exquisito y culto Borges. Tiene una cualidad que he encontrado en muy pocos autores: su escritura tiene banda sonora, te acompaña con una melodiosa musicalidad desde el principio hasta el fin. Es como si escribiese sus historias sobre un pentagrama. Es extraordinariamente fácil de leer y, a la vez, increíblemente placentero. 

Sus obras más reconocidas, "Las venas abiertas de Latinoamérica" y la trilogía "La memoria del fuego", suponen dos hitos de la literatura latinoamericana, sobre todo, por su carácter historiográfico. Hace un exhaustivo repaso a la historia del continente americano a través de pequeñas historias entremezcladas con la gran Historia. 

Su denuncia de las barbaridades cometidas por los descubridores españoles y portugueses en los siglos XV y XVI, el relevo tomado por ingleses y holandeses en los siguientes siglos, las invasiones e injerencias norteamericanas desde finales del XIX y el comportamiento miserable y corrupto de las oligarquías locales revelan una sucesión ininterrumpida de injusticias a lo largo de toda la historia del continente.

Especialmente estremecedor es su testimonio sobre lo acontecido en Centroamérica, en países como Guatemala, El Salvador o Nicaragua, en las décadas de los setenta y los ochenta. Siempre se ha centrado el foco de esa época en Argentina y Chile, pero en Centroamérica se cometieron barbaridades mucho mayores en cuanto a crueldad y número. Decenas de miles de personas - muchos indígenas - fueron asesinados atrozmente en diversas guerras civiles que se desarrollaron a la luz de la Guerra Fría, con EEUU financiando y entrenando a los gobiernos militares y los comunistas adoctrinando a la población campesina y obrera. Estos desgraciados que yacen en fosas comunes, en perdidas cunetas de caminos de montaña, en el abismo del olvido son los que honra Eduardo Galeano en sus libros. Es indignante comprobar que muchos de esos hijos de la gran puta responsables de millares de asesinatos siguen viviendo sin haber pagado por ello, mientras familias y pueblos enteros fueron aniquilados, borrados del mapa para siempre.

Posteriormente a la publicación de estas dos obras, el mundo entero centró su atención en el asesinato del jesuita Ignacio Ellacuría por los "milicos" gubernamentales al defender y querer dignificar al pueblo salvadoreño y, aún más tarde, en la guatemalteca Rigoberta Menchú al obtener el premio Nobel de la Paz por su lucha a favor de los derechos de los indígenas en su país. No obstante, Eduardo Galeano ya había dado voz a todos esos muertos anónimos años atrás. 

Su forma de narrar historias mediante breves relatos o, incluso, anécdotas la podemos apreciar en otros muchos libros: "El libro de los abrazos", "Las palabras andantes" o "Espejos, una historia casi universal", su última y amena publicación, donde podemos aprender un montón de Historia de una forma entretenida y curiosa.

Un último apunte sobre este autor uruguayo: es un gran aficionado al fútbol, más concretamente a Nacional, por lo que hoy andará algo apenado por la clasificación de su eterno rival - Peñarol de Montevideo - para la final de la Copa Libertadores. Su libro "El fútbol a sol y sombra" es un genial repaso a la historia del fútbol desde sus violentos inicios en Inglaterra hasta la profesionalización actual, pasando por la extraordinaria selección uruguaya de los años veinte, los primeros y geniales negros brasileños que debían pintarse la cara con polvo de arroz para poder jugar en equipos profesionales, la máquina de River de Pedernera de finales de los cuarenta o la casi imbatible Hungría de mediados de los cincuenta. Una verdadera joya para aficionados al fútbol y admiradores de Galeano.