En los últimos años se ha puesto muy de moda un tipo de viaje impostado: larga estancia, de unos pocos meses, en algún país o zona del planeta que no pertenece al Primer Mundo. El paradigma en un principio fue la India, ahora lo es el Himalaya.

El pijikumba adora este tipo de viajes, que califica con pomposa petulancia de iniciáticos o, incluso, catárticos, en los que ha conseguido descubrirse a sí mismo. Como si no bastase con un simple espejo de reflexión para descubrirse a uno mismo. Habla de experiencia personal más que de viaje. En lugar de narrar con entusiasmo los lugares visitados, las anécdotas acontecidas o la peculiar gastronomía de la zona, como hace el viajero aventurero, se centra en una especie de misticismo interior que ha aflorado en ese mágico lugar y que, sin duda, es lo mejor que le ha sucedido en la vida. No habla del viaje, sino de sí mismo. Como mucho hace referencia a esas gentes de las que tanto ha aprendido por la paz interior que transmiten, la sabiduría que emanan y la forma de vida tan diferente que llevan. Evidentemente, con esa gente no ha hablado, ya que no se han podido entender, hablan idiomas completamente diferentes. Pero el pijikumba deduce de sus gestos y los breves instantes que ha compartido con ellos esas conclusiones autocomplacientes que le hacen sentir tan bien. De hecho, el pijikumba ya tenía ese cliché antes del viaje, así que no hace más que aplicarlo. Está tan lleno de prejuicios y giliflauteces que es incapaz de ofrecer una visión personal.

Otra característica habitual es la soledad. Viajar solo es importantísimo, únicamente de este modo puede vivirse y sentirse esa experiencia de forma plena y verdadera. En realidad, no es más que otro síntoma del superlativo ego del pijikumba, que se basta solo para viajar, vivir y sentir. Es esa misma superioridad con la que después contará su increíble experiencia a los demás, trufando sus explicaciones de lugares comunes y manidos aforismos que hieden a moho intelectual.

El pijikumba camina por las laderas del Himalaya con una chiruca en un pie y una zapatilla Nike de trekking súper cara en el otro. Camina sobre sus propias contradicciones. Quiere mostrarse a los demás en su aspecto exterior como un kumba para así intentar disimular al pijo que lleva dentro, pero le delata cualquier pequeño detalle, puesto que adora las comodidades como el que más. Su camiseta puede estar raída y con la vela de Amnistía Internacional parcialmente borrada de tanto uso, pero dentro de la mochila lleva su ipad 2 y su iphone 4. El pijikumba es una ilusión, un personaje que dura unos años y desaparece dejando tras de sí un montón de chorradas impostadas y fotografías con pelo sucio y barba de dos semanas.

Me fascina la gente que viaja, los aventureros que te cuentan sus viajes con la pasión revelada en sus ojos y la boca seca de tantos detalles y curiosidades interesantes, que te embriagan hasta desear tú partir ese mismo día para vivir esas mismas historias y visitar esos mismos lugares. De otra parte, abomino de los pijikumbas que te cuentan sus viajes de diseño con tono aburrido y monocorde de sermón dominical y empalagoso aire de superioridad que, en realidad, no es más que ridícula fatuidad.