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Jean Améry, nacido Hans Mayer en 1912, fue un escritor al que le llegó tarde la celebridad, gracias fundamentalmente a su labor ensayística basada en sus demonios personales y en una acusada militancia del resentimiento. 

El hecho que marcó su vida fue la detención, tortura y posterior internamiento en el campo de concentración de Auschwitz por parte de los nazis. Hasta entonces había vivido una adolescencia idílica en los Alpes austríacos y una juventud relacionada con el mundo literario en la Viena de los 30.

Tras su liberación en 1945, volvió a Bélgica, adonde se había exiliado en el 38 para evitar caer en las zarpas de la Gestapo.  Vivió modestamente los siguientes veinte años gracias a sus colaboraciones periodísticas, siempre esporádicas, nunca suficientes. Su vocación de escritor no se vio reconocida hasta la publicación del libro “Más allá de la culpa y la expiación” en 1966, su testimonio sobre el lager. Es un ensayo sobre la tortura y un alegato contra los alemanes que organizaron y/o permitieron el genocidio judío. Está escrito desde un resentimiento inveterado y desgarrador. No en vano él lo había titulado originalmente “Resentimientos”, pero a la editorial le pareció demasiado agresivo. Se trata de un ajuste de cuentas. Admiro la descarnada subjetividad de Améry, su rabia hacia la actitud nada revisionista de Alemania y su sentimiento apátrida al renegar de una Austria en la que no se reconoce.

Es mi libro favorito sobre el lager, por encima del archifamoso “Si esto es un hombre” de Primo Levi y de “El hombre en busca de sentido” de Viktor L. Frankl. Es el más objetivo de todos. Con los otros dos es mucho más sencillo conocer qué sucedió en esos campos de la muerte, pero con el de Améry se comprende perfectamente no sólo lo que allí sucedió, prolijamente narrado ya, sino lo que trascendió, lo que marcó a sus supervivientes y lo que desencadenó en sus vidas post-lager.

La publicación de este libro le supuso una fama repentina. Demasiado tarde, tenía más de cincuenta años por entonces. Probablemente su libro no habría tenido ningún impacto escrito cinco, diez o veinte años antes. Su publicación llegó después de los procesos de Frankfurt sobre Auschwitz en los que se puso a la sociedad alemana de frente a lo que había sucedido en ese campo de exterminio y la imposibilidad de que la sociedad silente (la abyecta masa gris) no supiese nada al respecto. Améry buscaba influir en los jóvenes alemanes. Tenía la aspiración de que hubiese una revisión y una asunción de culpabilidad general e individual, señalando a los que habían participado en toda esa maquinaria del mal absoluto y habían sido readmitidos socialmente como si nada hubiese pasado en empresas, universidades y partidos políticos.

Nada de eso consiguió, obviamente, aunque al menos se convirtió en un referente del tema, que su brillante dialéctica y original visión permitió explotar al máximo, casi hasta quedar preso de lo que él llamaba “ser un clown de Auschwitz”. Se le requería en multitud de foros culturales, universitarios y hasta en medios de comunicación. Tuvo largas y hondas discusiones públicas con Primo Levi, con el que coincidió en el campo de concentración e incluso como trabajador-esclavo de la empresa química IG Farben, sobre sus diferentes puntos de vista acerca de la condición de intelectual en el campo. También rebatió con dureza a Hannah Arendt con respecto a lo que ella llamaba “banalidad del mal” a raíz de su libro “Eichmann en Jerusalén”. Y hasta con el filósofo Adorno tuvo sus desavenencias, en este caso por una cuestión más de vanidad que de fondo. No obstante, resulta curioso ver cómo mantuvo polémicas con Levi, Arendt y Adorno, todos judíos laicos como él. 

Por fin había conseguido su sueño de vivir de sus trabajos como escritor, más concretamente como ensayista. Posteriormente, escribió un ensayo sobre el envejecimiento genial: “Acerca del envejecer. Revuelta y resignación”, donde abomina de la decadencia física e intelectual del envejecimiento, del ataque que supone para el individuo la degradación física y la pérdida de capacidades intelectuales. Una original visión en la que ataca frontalmente a aquellos que se resignan ante ello. Él lo padecía más que nadie, ya que el internamiento le había dañado la salud brutalmente: problemas cardíacos, estomacales, depresiones constantes y hasta una especie de epilepsia, que él asociaba a la de Dostoievski.

Tras su éxito como ensayista, intentó desarrollar su faceta de novelista, de escritor con mayúsculas. Sin embargo, sus novelas no tuvieron la misma acogida, lo cual le deprimió profundamente. Después de varios intentos fallidos de suicidio, por fin lo consiguió a los 66 años. No sé si fue ese factor, el hecho de considerarse un “clown de Auschwitz” fuera de tiempo y lugar, su complicada vida sentimental, el rechazo a envejecer o una mezcla de todo, pero finalmente decidió abandonar, curiosamente en Austria, su aparentemente poco querida patria.

De Améry es admirable su brillantez como ensayista, aunque sea desde la subjetividad extrema de su experiencia, su permanente estado de resentimiento y rabia, su tenacidad para conseguir el sueño de vivir como escritor y su indisimulada vanidad, cualidades o defectos que lo hacen entrañablemente real. En el fondo, lo admiro por sus debilidades, puesto que posee dos de mis favoritas: el resentimiento y la vanidad.