Hallábase San Jorge en una monta de yeguas cuando fue alertado que la siguiente ofrenda al insaciable dragón no sería una de las jóvenes doncellas campesinas, sino un caballero de tan reconocida hidalguía como amaneramiento: su chulazo Adolfo.

San Jorge empezó a gritar histérico "¡Mi Ado no, mi Ado no!" Presa de un ataque de nervios, golpeó a sus siervos y al resto de caballeros que le acompañaban en la monta. Hubo de ser maniatado y calmado con viejos remedios de brujas. Al tercer día despertó y consiguió deshacerse de sus ataduras. Montó su caballo y partió de vuelta a casa. 

Al llegar a los confines de su condado, centenares de personas huían despavoridas hacia las cuevas abandonadas del valle. Les preguntó qué sucedía y todos respondían lo mismo: ¡la bestia ha vuelto! ¡Ha vuelto más fiera y hambrienta que nunca!

Cerca de las murallas gritó: ¡abrid, el señor del castillo ha llegado! Entró y en el patio de armas encontró decenas de cuerpos ensangrentados y abrasados. El olor a carne quemada y los gritos de pánico embriagaban los sentidos. Allí, frente al temible dragón lanzando llamaradas por su enorme boca, se encontraba Adolfo envuelto en sedas y perfumado, con su aspecto frágil y afeminado acentuado por el miedo a la bestia.

San Jorge frenó su espectacular corcel roano, que levantó las patas delanteras desafiante, y se dispuso a hacer frente al dragón. Su armadura brillaba llena de ornamentos labrados por los mejores orfebres y su yelmo estaba coronado por un morrión con un enorme plumaje color esmeralda. Miró a Adolfo, le guiñó un ojo y cabalgó hacia la muerte con su lanza fuertemente prendida. Segundos después el dragón yacía inerte sobre la arena y San Jorge permanecía erguido y orgulloso sobre un enorme charco de sangre. Adolfo se abalanzó sobre él y San Jorge lo cogió en volandas. El caballero y la reinona se abrazaron largamente. 

Dicen que del charco de sangre brotaron rosas. En realidad, fue Adolfo quien siendo un gran aficionado a la jardinería plantó unos rosales en el patio. Y así, entre rosas y montas, vivieron felices y comieron...bueno, lo que (se) comieron es cosa de ellos, pero seguramente no se trataba de perdices.