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Este archipiélago situado al noroeste de Noruega, en pleno mar del norte, está tan poco poblado que tiene una de las densidades de población más bajas de Europa. Sin duda, el intenso frío y los larguísimos inviernos sin apenas luz disuaden a muchos. No obstante, el corto periodo estival ha de ser un paraíso de tranquilidad, vastos paisajes, mar por horizonte y sol de medianoche.

El terreno es baratísimo, a pesar del elevado nivel de vida de Noruega, por lo que hacerse una casa cuesta bien poco. Incluso una familia se ha instalado en un antiguo aeródromo abandonado, teniendo la desvencijada torre de control como futuro salón panorámico.

Viven fundamentalmente de la pesca del bacalao y del turismo. La primera actividad ha sido el sustento de sus moradores durante siglos. Una vez pescado, lo dejan secar - lo cual provoca un olor nada agradable - y, después, lo exportan. Muchos de estos bacalaos pescados en las Lofoten son enviados a EEUU; por ejemplo a Minnesota, estado donde la inmigración escandinava fue masiva y en la actualidad posee una tercera parte de la población descendiente de Noruega, Suecia y Dinamarca. Todavía hoy día en Minnesota preparan el plato tradicional "lutefisk" con bacalaos traídos desde Noruega.

Una tradición muy agradable de estas gélidas islas es tomarse una bebida con amigos y familiares en unas enormes barricas de madera llenas de agua caliente a la intemperie. Imagino que es la mejor manera de socializar, ya que por muy mal que te caigan tus compañeros de jacuzzi-barrica seguro que son mejores a abandonarla y morirte de frío.

Y lo mejor de todo ha de ser estar a la una de la madrugada sentado en una de las resguardadas laderas de sus montañas mirando al horizonte, que se diluye entre escarpados acantilados de islas lejanas, el extenso océano y el sol cobrizo y bajo de medianoche.