Hace unos años era muy aficionado a un extinto canal temático de una plataforma digital: "Canal Nostalgia". Era un canal de TVE que reponía diversos programas de Televisión Española de los ’70 y ’80: musicales, reportajes, entrevistas, documentales y cualquier otro formato de producción propia. Era una forma de revivir la realidad de mi infancia, que había quedado difuminada por el paso del tiempo y las pequeñas traiciones que imponemos a nuestra memoria. 

Hubo una emisión que me gustó especialmente: fue una entrevista que le hizo el periodista Pablo Lizcano al escritor Juan Benet en uno de los programas de "Autorretato". La grabación debió ser realizada a mediados de los ’80. Lo curioso es que apenas recuerdo el contenido de la entrevista, pero sí perfectamente el agradable impacto que me causó. Casi no recuerdo nada de la conversación, pero sí el ambiente, el decorado, los gestos del entrevistado y el entrevistador, sus miradas de complicidad, el espeso humo que rodeaba la tertulia...

Porque lo mejor de todo era que se trataba de una tertulia, una fértil conversación entre dos personas cultas, que mostraban interés tanto por lo que decían como por lo que escuchaban. Hablaron de temas variopintos y en todos ellos mostraron conocimientos y opiniones razonadas y pausadas. 

Juan Benet, conocido por su obra literaria, era de formación técnica: ingeniero de caminos. Uno de esos hombres de ciencias que no han descuidado su formación humanística, que poseen una vasta cultura en muchos y muy diferentes ámbitos. Un "sabio" al estilo de Bertrand Russell. 

Desgraciadamente ya no abundan ejemplos como el de Juan Benet en la actualidad. Ahora prima la especificación, orillándose por completo una formación integral y completa, de tal modo que cada vez más la gente padece asombrosos agujeros negros en cultura general, siendo el lamentable uso del lenguaje el más claro de estos síntomas.

Añoro esos tiempos en que era más sencillo rodearte de gente culta e interesante. Por eso guardo tan grato recuerdo de la entrevista de Pablo Lizcano a Juan Benet, porque me permitió paladear de nuevo los buenos momentos de algunas de las tertulias que viví de pequeño en mi casa, con mi padre al mando, también ingeniero, también con inquietudes humanistas, también culto. Porque la tertulia es el mejor invento social: una entretenida forma de aprender y disfrutar.

Lástima que hoy en día sea tan difícil encontrar a alguien mínimamente interesante. Una de esas personas cultas que te encandilan con sus historias y saberes, que casi te hipnotizan hasta convertirte en adicto a sus conversaciones, a sus conocimientos, a sus pensamientos...

En estos tiempos de imbéciles y mediocres, cuya única conversación versa sobre algún juego de ordenador o cuan maravillosas y "exóticas" han sido sus vacaciones en un complejo hotelero de la República Dominicana con una ridícula pulsera de plástico en la muñeca a modo de inconfundible identificador de su condición de idiotas integrales, bucear en la memoria y revivir tertulias propias o ajenas es una terapia tan efectiva como necesaria para seguir adelante entre tanto aburrimiento.

Nota: Tanto Pablo Lizcano, recientemente, como Juan Benet, hace unos cuantos años, han fallecido. ¡Qué pena que vayan desapareciendo estas personas! ¿Habrá reemplazo?