Cuando era pequeño había únicamente dos tipos de yogures: los naturales y los de frutas. Me parecía una categorización perfecta, dividida en dos grupos sin intersección posible. Sabías perfectamente lo que comprabas y consumías. La vida en general y los yogures en particular eran todo certidumbre. 

Los naturales se vendían en envases de cristal, que mostraban el producto sin pudor, y se les añadía tanta azúcar como cupiese. Normalmente, hasta que tu madre decía: "¡Niño, basta! ...que se te van a caer los dientes de tanta azúcar", con ese tono sentencioso que usaban las madres para aplacar cualquier posible controversia sobre sus peregrinas teorías. A mí siempre me pareció absurdo que se te cayesen los dientes de leche por comer más azúcar. ¿No le echaban abundante azúcar esas mismas madres a la leche? Pues eso, ¿no eran conscientes de su contradicción? En fin, nunca me atreví a preguntarlo. Posiblemente se me hubiesen caído entonces los dientes de leche, pero de un guantazo.

Hoy día, no obstante, las cosas han cambiado. Los yogures ofrecen tantas variedades, sabores, envases y cualidades diferentes, que es imposible trazar una línea clara entre unos y otros. Los hay de envase de plástico o de cristal, transparentes, opacos o semitransparentes. Los hay de frutas hasta hace muy poco desconocidas por los niños que fuimos niños hace treinta años, con o sin trocitos, con o sin mermelada, con o sin cereales. Algunos tienen propiedades sorprendentes relacionadas con el corazón (L-Casei), el estómago (Bífidus) o el culo (fibra). Los hay azucarados, edulcorados y hasta sin azucarar. Los hay desnatados, líquidos, cremosos, griegos...y un sinfín interminable de remakes vestidos de novedades ideadas por los lúcidos creativos de las empresas del sector. De aquí poco habrá yogures gaseosos, yogures excitantes y hasta yogures con sabor barbacoa.

Actualmente, la vida en general y los yogures en particular son todo incertidumbre. De pequeño no, ahora sí: tengo miedo.