Los cuentos son eso: son cuentos. Pero ocultan mucho más de lo que cuentan. Sobre todo, los de princesas.

¿Qué hacía Blancanieves conviviendo con siete enanitos? ¿Huir de la maldición de la bruja? ¡Qué va! Blancanieves tenía delirios de grandeza. Soñaba con ser una poderosa señora feudal, tener su propio castillo y estar rodeada de lacayos al servicio de sus caprichos. Por eso vivía en una cabaña del bosque con los siete sumisos y bobos enanitos. Los mangoneaba a su antojo, lejos de la mirada del resto de mortales que pensaban que era una cándida y bondadosa doncella, ocultando su vocación tiránica. Repartía el trabajo entre los siete y los sometía a extenuantes jornadas de trabajo en el bosque, bajo la promesa de proporcionarles una pócima mágica que les permitiese crecer.

¿Y qué decir de la Bella Durmiente? Esa holgazana que fingía narcolepsia para no pegar un palo al agua. Una princesa, sí, pero una princesa del subsidio y del "aquí me lo den todo". Una tarada que incluso se dejaba besar por ranas, sapos y demás espantosos batracios.  

Cenicienta...Tiene tela Cenicienta. Una ama del sadomasoquismo disfrazada de mosquita muerta supuestamente atormentada por una malvada madrastra, cuyo único objetivo en la vida era que el príncipe le besase sus zapatos de cristal arrodillado, mientras con sus afilados tacones le pisaba con fuerza para obtener ella el placer de la dominación. Una princesa bipolar tan pervertida como desequilibrada.

En fin, que los cuentos esconden a sorprendentes princesas mucho más interesantes y turbadoras que las que Walt Disney, antes de convertirse en leyenda de los congelados, nos quiso mostrar torticeramente.