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Es una pintura religiosa sobre madera que se puede disfrutar en el museo de El Prado, ya que el cuadro fue adquirido por Felipe II tras pasar sus primeros años en una iglesia de Lovaina. 

Resulta curioso ver cómo algo que hizo ese rey español hace tantísimos años ha llegado hasta nuestros días. De igual modo podemos hablar del majestuoso monasterio de El Escorial, erigido para conmemorar la victoria en la batalla de San Quintín. Por eso la Historia resulta tan interesante: conecta hechos, personas, lugares y cosas mediante una interminable e intrincada sucesión de acontecimientos y casualidades fascinantes, muchas de las cuales podemos admirar en la actualidad.

El cuadro muestra nítidamente los sentimientos de los personajes que lo componen. Destila tristeza, pesadumbre y dolor en todos ellos. La Virgen María recién desmayada y apenas sujetada por un hierático Juan, con los ojos cerrados intentando no ver lo inevitable, transmite una languidez pétrea. María Magdalena recostada y con la cabeza hacia abajo, doblando su cuerpo por el latigazo infligido por la muerte recién acontecida, contiene el dolor. José de Arimatea con la mirada perdida y aire de triste solemnidad sujetando las piernas de Jesucristo, que permanece con el cuerpo inerte y el color cerúleo de los muertos.

Ver y escrutar hasta el último detalle de esta pintura es una experiencia emocionante, tanto como puede ser deleitarse con el El triunfo de la muerte de Brueghel o El jardín de las delicias de El Bosco. ¡Qué bien pintaban estos maestros flamencos! Y qué bien tenerlos tan cerca en el museo de El Prado.