La universidad de Berkeley celebra anualmente un encuentro entre filósofos de diferentes tendencias, que participan en seminarios y mesas de debate a lo largo de una semana. El último acto, tras el discurso de cierre del rector, es una barbacoa informal en la que ponentes, profesores, alumnos e invitados comparten una tarde en los jardines de la universidad.

Alrededor de las brasas un grupo de filósofos departe sobre el destino de la hamburguesa que acaba de ser puesta sobre la parrilla.

Santo Tomás abre el fuego espetando a sus colegas: "Esta hamburguesa es obra de Dios, como todo lo demás que nos rodea".

Hegel, airado, le responde bruscamente: "La hamburguesa ha muerto, como Dios".

"No han muerto, los hemos matado", apostilla Nietzsche.

Spinoza intenta mediar en la discusión afirmando lo siguiente: "la hamburguesa no es más que un ejemplo de la sustancia divina infinita. Este pedazo de carne existe y desaparecerá en cuanto nos lo comamos porque su naturaleza es finita, pero Dios, su creador último, seguirá existiendo pase lo que pase con la hamburguesa".

Con el fin de rebajar la tensión, Hume dice socarronamente: "Todos sabéis que soy ateo, así que no seré yo quien diga que esta hamburguesa es obra de Dios. Ahora bien, si esta carne no es fruto del trabajo del hombre, sólo Dios puede ser el responsable".

"Tú nunca te defines claramente. Dices una cosa y después otra diferente. Yo creo que la hamburguesa es buena por naturaleza, es la parrilla la que la echa a perder", suelta Rousseau entre risotadas, aprovechando para recordar viejas rencillas con Hume.

Heidegger, asqueado por el rumbo que adopta la conversación, grita a los demás: "Os equivocáis de enfoque. No es la hamburguesa ni Dios lo trascendental en esta discusión, sino el hombre que se come esa hamburguesa: el ser y su dimensión temporal".

De repente, un hombre ajeno a la discusión se acerca a la parrilla, pasando por en medio del grupo de filósofos, coge la hamburguesa con la mano y se la zampa de un bocado. 

"¿Qué haces, imbécil?" - increpan todos al unísono.

"Comerme la hamburguesa. Esto es una barbacoa y tengo hambre" - dice sorprendido el espontáneo hambriento.

"¿Y quién eres tú?" - le pregunta Santo Tomás.

"Ronald. Ronald McDonald" - responde con la boca todavía llena.

"¿Y de qué escuela eres tú? ¿Existencialista acaso? Lo dudo. ¿Qué eres?" - interroga impertinente Heidegger.

"Yooo...yo soy...Yo soy sagitario. ¡Ah! Y de los Cowboys de Dallas". - masculla avergonzado Ronald.

"¡Es increíble! Como dijo Séneca: la naturaleza nos ha dado las semillas del conocimiento, no el conocimiento mismo. Y a este imbécil se le cayeron las semillas por el váter". - sentencia Nietzsche.

"¡Eh, eh! A mí no se me han caído ningunas semillas. Me las he comido con el pan de la anterior hamburguesa" - se excusa Ronald.

"¡Vámonos de aquí, por favor! ¡No aguanto más! ¡No pienso volver el próximo año!" - dicen a la vez Hegel y Heidegger.

"Pues vosotros os lo perdéis" - contraponen Santo Tomás, Spinoza y Hume.

"La imbecilidad supina del tal Ronald McDonald bien vale un viaje hasta aquí" - añaden Nietzsche y Rousseau.

Y se despiden todos hasta el próximo encuentro.