Hallábanse un grupo de patos en la orilla del lago. Unos pertrechados con cuerdas y bolsas, otro arrastrando su culo sobre la arena y uno más, el capitán Drake, dando órdenes sin parar. Todos ellos llevaban pinturas de guerra y una cinta verde tatuada al cuello que identificaba al grupo: los corsarios del lago.

Al atardecer se metían en el agua en formación de a tres y nadaban sigilosamente en busca de su objetivo. Una vez avistado, todo el grupo excepto uno se sumergía y buceaba hasta la barquita en la que paseaba una joven pareja distraída entre besos y caricias. 

Cuando estaban al lado de la barca, el pato que nadaba por la superficie, que era el que había estado frotando su culo sobre la arena unos minutos antes, agitaba el plumaje de su parte posterior levantando una nube de polvo que actuaba a modo de niebla y camuflaje perfecto. El resto emergía al unísono del agua trepando por los remos hasta el interior de la barca. Una vez dentro, ataban a la pareja rápidamente rodeándola con las cuerdas, dejándoles tan estupefactos como inmóviles. 

La segunda unidad de los corsarios del lago, la de las bolsas, aparecía en ese momento registrando las cestas de picnic, las mochilas y los bolsos con una destreza y rapidez extraordinariamente profesionales. Al grito de "¡Cuápido, cuápido!", el capitán Drake animaba a sus bucaneros a que la operación se realizase en el menor tiempo obteniendo el mayor botín posible.

Tras abandonar la barca dejando a la pareja maniatada y a la deriva, volvían al refugio de la orilla con las viandas robadas para ofrecérselas a la reina oca isabel, que las repartía arbitrariamente entre los distintos patos, quedándose ella gran parte del botín y ofreciendo al capitán Drake una generosa parte.