20101107180750-evgenia-ginzbug.jpg

Evgenia Ginzburg, en su escalofriante libro "El vértigo" (en realidad, son dos libros en uno: El vértigo y El cielo de Siberia), relata su visita al infierno del gulag en tiempos de Stalin. A diferencia del celebérrimo "Archipiélago Gulag" de Solzhenitsyn, su testimonio destila un lirismo que sobrecoge, ya que a pesar de ser extraordinariamente escrupulosa con todos los detalles, personas y lugares que aparecen, al igual que Solzhenitsyn, su historia es más íntima y profunda. 

Detalla profusamente su experiencia en las profundidades del abismo estalinista, desde su expulsión del partido comunista y su detención en las arbitrarias purgas de 1937, hasta su liberación más de quince años después.

Más allá del increíble testimonio de una vida truncada y marcada para siempre por el horror al que algunos seres humanos someten a otros de sus congéneres, lo que emociona de su libro autobiográfico es el pudor y la delicadeza con la que trata de salvar su dignidad. 

Hay un episodio, al final de su etapa en el gulag, cuando se encuentra en una aislada cabaña de la tundra siberiana en compañía de otros presos, que muestra perfectamente cómo afrontó la autora su relato, pero sobre todo cómo intentó que todo lo vivido y sufrido no marcara para siempre su vida llenándola de culpa y vergüenza. Una noche gélida y silenciosa, típica de Siberia, todos sus compañeros de cautiverio se emborracharon y embrutecieron hasta acabar violándola. No obstante, Evgenia nos cuenta toda la escena hasta el instante inmediatamente anterior a la salvaje agresión, que consigue salvar milagrosamente ella y el afligido lector gracias a la imposible bondad de uno de los hombres.

Obviamente, se produjo el asalto y la humillación a la dignidad de esta admirable mujer, pero ella nos lo ahorra y, sobre todo, se lo ahorra a sí misma y a sus seres amados en un gesto de restauración de su dignidad tan valiente como bonito. En lugar de refocilarse en las desgracias vividas, de asumir el papel de víctima mancillada, Evgenia Ginzburg tiene el coraje de afrontar la verdad de su vida con una pátina de pudor, que sin duda debió ayudarle a restituir su memoria y a aligerar sus recuerdos de terribles sucesos.

Su libro fue publicado en Occidente en 1967 antes de su muerte, pero no vio la luz en su Rusia natal hasta después de su desaparición, para desgracia suya, ya que deseó fervientemente que sus compatriotas conocieran su historia y la de otros muchos desdichados con igual o peor destino. Únicamente circuló de forma clandestina en copias artesanales, que se pasaban de mano en mano ante el temor de ser descubiertos.