Pherb Maldon padecía una curiosa rareza desde que nació: entraba en efervescencia en contacto con cualquier sustancia líquida. Dicen que su madre rompió aguas con gas poco antes del parto.

De pequeño vivió acomplejado y aislado del resto de niños. Tuvo que aguantar innumerables burlas y travesuras de sus compañeros de clase. Le echaban agua para que empezase a agitarse y hacer "chup-chup". Pherb intentaba esconderse, pero los malvados niños le acosaban y le gritaban "¡pringado! ¡niño chup-chup! ¡couldina!"

Fue creciendo solitario y huidizo. Debía tener un autocontrol extraordinario sobre sus sentimientos, ya que si se emocionaba y sus ojos se encharcaban de alegría o de tristeza, estos empezaban a burbujear y a deshacerse.

Tampoco podía disfrutar de ninguna chica porque la humedad del deseo provocaba la efervescencia de su sexo y la humillante escena consiguiente.

Amaba la lluvia al tiempo que la temía. Soñaba con sentir caer sus gotas sobre su cuerpo desnudo, alzar las brazos y abrir las palmas de sus manos para asirlas lascivamente. Desafortunadamente, debía limitarse a imaginarla a través de la ventana.

Tampoco podía hablar. En cuanto iniciaba una frase, su boca se llenaba de saliva y empezaba a bullir chispeante, haciendo de su habla algo tan ininteligible como ridículo.

Aprendió a vivir contenido, encerrado en sí mismo, alejado del mundo. No dejaba de pensar cómo superar su problema. Experimentó infinidad de remedios para curarse sin éxito alguno. Hasta que un día se le ocurrió una idea brillante: él había sido gestado en la placenta de su madre en un entorno líquido sin que le ocurriese nada malo. Por lo tanto, el origen de su efervescencia a lo mejor no estaba únicamente en los líquidos, sino en su combinación con otros medios. Sin dudarlo un instante, salió de casa y se fue corriendo hacia el mar. Una vez en el malecón, miró hacia atrás, esbozó una enorme sonrisa, y se lanzó a la incertidumbre. 

Y en el mar sigue, viajando libre, emocionándose sin rubor ante las bellezas de los lugares que descubre, hablando con marineros y delfines, amando a sirenas y disfrutando de lluvias torrenciales mecido por las olas que le acompañan en su asombrosa aventura.

La leyenda cuenta que durante las peores tormentas Pherb acude en ayuda de los desesperados náufragos y los acompaña hasta la orilla, dejándolos sanos y salvos sobre la arena con un montoncito de sal a su lado como firma de su autoría y testimonio de su existencia. Por eso hay un tipo de sal, uno muy especial y sabroso, que lleva el nombre de maldon en su honor.