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Anthony Blunt fue un historiador del arte, crítico y catalogador de obras pictóricas de una excelencia y erudición supremas.

Su rigor era tal, que más allá del minucioso conocimiento de las obras que catalogaba como experto profesor universitario, era su honestidad intelectual la que causaba admiración. Gracias a todo ello fue nombrado miembro de la Orden de la Reina Victoria y, sobre todo, conservador (curator) de la colección de pinturas de la Reina Isabel.

Sin embargo, Anthony Blunt será recordado como un traidor. Traidor a la patria, ya que espió durante años para los soviéticos.

Cumple el patrón de otros espías británicos que trabajaron para el régimen comunista: estudió en el Trinity College de Cambridge, fue miembro de los Apóstoles (esa sociedad semisecreta que tantos intelectuales, Bertrand Russell entre ellos, y políticos británicos ha visto florecer), entró en el MI5 durante la Segunda Guerra Mundial y actuó como agente doble durante décadas.

No se sabe exactamente qué cantidad de información pudo pasar a los rusos, pero sí se sabe a qué información tuvo acceso, por lo que su responsabilidad casi seguro fue enorme en el destino de muchas personas y, más concretamente, de espías compañeros suyos. Pudo facilitar información a los rusos al final de la Segunda Guerra Mundial que se usó para perseguir y reprimir a personas de los países liberados del este de Europa, además de valiosa información de otros agentes británicos durante la Guerra Fría. En definitiva, fue un traidor con mayúsculas.

Pasaron años desde que se descubrió su traición en el seno de los servicios secretos británicos hasta que Margaret Thatcher lo hizo público en 1979.

Lo fascinante de este caso no es la traición. Ha habido muchos traidores a lo largo de la historia. La vida está llena de pequeñas y grandes traiciones. Lo paradójico es esa honestidad intelectual inquebrantable para con su trabajo artístico confrontada a años de mentiras y traiciones a su país, a sus compatriotas, a sus compañeros y hasta a sus amigos.

¿Qué bulliría en la cabeza de Anthony Blunt en el final de sus días? Me atrevo a asegurar que ni una pizca de remordimiento, si acaso una cierta amargura por la vergüenza de ser descubierto.

En todo caso, es maravilloso comprobar que la comprensión de la naturaleza humana es tan inasible como inquietante en muchos casos. La belleza de esta historia radica en lo absoluto de los dos extremos: el bien puro de la erudición intelectual que sublima la verdad del arte por encima de cualquier otra consideración o flaqueza y el mal más absoluto representado por la traición más aviesa.