Vestíbulo lleno, calor sofocante sin refrigeración. Un único mostrador con dos adustas empleadas que llaman por el nombre y los apellidos sin atender a cualquier otra cuestión o reclamación.

La espera se hace eterna. Permaneces de pie, recostado sobre una columna. La boca se torna arenosa, reseca, sin saliva. La abres para resoplar y, de paso, refrescarla. Tensas la mano dentro de los bolsillos. La notas sudada, pringosa. La otra mano sujeta unos papeles, que están arrugados y acartonados por el sudor. Ligeros picores empiezan a sucederse con frecuencia: primero la nariz, después las orejas, el cuello y las piernas. Parece que una manada de chinches ha colonizado tu cuerpo. Te rascas compulsivamente, cada vez con mayor intensidad y rabia. El picor no remite ni da tregua. 

Tu nombre parece perdido en el abismo del largo listado de espera. Con cada sonido de micrófono abierto aparece una esperanza, que se desvanece a los pocos segundos provocando aún más ansiedad. La paciencia se quedó en la puerta esperando a que salgas. No quiere perderse a sí misma. 

Caras nuevas, otras que se han convertido en familiares tras la larga espera. Recelas de todas ellas. ¿Entrarán antes que tú? ¿Por qué? ¿Por qué yo no? Te vuelves paranoico. Empiezas a ponerte absurdos límites: si a la tercera no me llaman, les monto un guirigay. Llega el tercero, el cuarto y hasta el quinto. Permaneces callado y maldices tu suerte y tu cobardía. 

Resoplas, buscas melifluas complicidades, te quejas en voz alta, cambias de lugar. Da igual, nada cambia, sigues esperando...