En la plataforma de lanzamiento de Cabo Cañaveral la aeronave Atlantis está a unos minutos de su lanzamiento. Los familiares se despiden de los cinco cosmonautas ante centenares de cámaras de prensa y televisión.

La madre de Dan Backsdale Hernando, nacida en la provincia de Huelva y emigrada a los EEUU tras casarse con un cocinero norteamericano de la base de Morón de la Frontera, se acerca a su hijo con dos bolsas de plástico y le grita al oído:

- ¡Toma, hijo! Para que comas bien durante el viaje.

- ¡Mamá! ¿Qué es esto?

- Una tartera con pisto y dos tuppers con milanesas y "almóndigas".

- Pero mamá, ¿no ves que no podemos llevar nada ahí adentro?

- ¿Y qué vas a comer, pues? Mira que tú te me alimentas "mu" malamente, hijo mío.

- Nos han puesto de todo. No te preocupes.

- Pues coge esta rebequita, entonces, que ahí afuera debe hacer mucho frío.

- Mamá, llevamos trajes especiales. No necesito ninguna chaqueta.

- Vamos a ver, Dan, vas a un sitio donde siempre es de noche, así que haz el favor de hacer caso a tu madre y llévate esta chaqueta de punto. Ya verás qué bien te va cuando refresque.

- Que a mí no me toca salir en este viaje de la aeronave. No pasaré ningún frío.

- ¿Cómo que no vas a salir en este viaje? ¿Y para qué diablos cogéis este cohete tan moderno? 

Renegando con la cabeza y todavía contrariada por los rechazos de su hijo vuelve a la carga buscando la complicidad de las cámaras:

- Dan, cariño, cuidado con esa pelandrusca. ¿Para qué va esa mujer? ¿Quién atenderá las labores de su casa?

- ¡Mamá, por favor! Esa mujer se llama Diane y es bioquímica. Nos acompaña para realizar unos experimentos científicos.

- Pues que manden al Punset, que seguro que sabe más que ella y no os busca ni os ronronea como gata en celo. Mira que yo a esas me las conozco a todas. Y tú con lo facilón que me has salido...Y con la "ingrividés" esa, que no te habrás dado ni cuenta y ya la tendrás "enganchá" a la "mu" marrana.

- ¡Mamá, basta ya!

- Venga, venga...no te hagas el santurrón con tu madre. ¿Acaso ya has olvidado los veranos en Ayamonte y las veces que tenía que ir a rescatarte de los zarzales donde yacías con cualquiera que se te insinuase en las fiestas del pueblo? 

- ¡Por Dios, déjalo ya, mamá! Me estás avergonzando.

- ¿Avergonzarte yo? Pero si eras el más guapo. Por eso todas te buscaban. Los mismos ojazos que tu padre y esos brazos recios de tu abuelo. Las volvías locas. Lástima que te hayas afeminado con el tiempo.

- Bueno mamá, déjalo ya. Anda, dame un beso, que hemos de subir a la aeronave.

- Eso, eso, siempre ventilándome con un beso.

- Mua, mua.

- Y no corras, hijo, que vas siempre como un loco.